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Published in  La moneda de l’Imperi romà. VIII Curs d’Història monetària d’Hispània, Barcelona, 2004, pp. 99-112

99 LAS REFORMAS DE DIOCLECIANO Y CONSTANTINO I Y SU REFLEJO EN LA COMPOSICIÓN DE LOS TESOROS MONETARIOS Juan José Cepeda Universidad de Cantabria La historia monetaria del siglo IV está profundamente marcada en sus inicios por dos intervenciones de signo bien distinto sobre el sistema de acuñaciones romanas. La primera, debida a Diocleciano, es heredera de los problemas financieros arrastrados por el tesoro público durante el siglo III y buscó el fortalecimiento de la moneda básica, de cobre aleado con plata, mediante la asignación de un alto valor nominal y una posición privilegiada en relación a los metales nobles. La segunda, debida a Constantino, supuso en cambio el abandono de la política de sobreestimación de las monedas de vellón respecto al oro y la estructuración del sistema monetario sobre la moneda acuñada en este metal, el solidus aureus, que se convierte entonces un valor plenamente circulante. Un testigo de estas transformaciones, el autor anónimo del tratado de rebus bellicis, destaca precisamente el contraste entre la política monetaria de Constantino y la de sus predecesores, a la vez que advierte de las consecuencias sociales de la misma. Señala el anónimo que fue la profusa largitio de los tiempos de Constantino, facilitada por la utilización de los tesoros de los templos paganos, la que hizo que se “asignase el oro a los intercambios comunes en lugar del bronce, que, anteriormente, era considerado de gran valor”. La emisión incontrolada de moneda de oro llenó entonces las domus de los potentes, haciéndolas “más brillantes a costa de los pauperes” (De reb.bell. 2, 1-4; Giardina 1989, p. 52-54). Las palabras de este arbitrista de la Antigüedad Tardía han suscitado un amplio debate entre los investigadores modernos, motivado por la desigual valoración que merece su conocimiento de los hechos económicos y por la lucidez de su diagnóstico social. No obstante, su exposición sintética de los cambios acaecidos en el sistema monetario romano encuentra un apoyo cada vez más explícito en las fuentes contemporáneas (Lo Cascio 1995, p.481-485). LOS SISTEMAS MONETARIOS Entre los materiales hoy disponibles que avalan las afirmaciones del Anónimo se encuentra una rica documentación epigráfica –los fragmentos conservados del edicto monetario de Afrodisia de Caria, que entró en vigor a partir de septiembre del 301, y del Edictum de pretiis, tres meses posterior– que posibilita la reconstrucción del sistema monetario vigente en los La moneda de l’Imperi romà. VIII Curs d’Història monetària d’Hispània, Barcelona, 2004, 99-112 Las reformas de Diocleciano y Constantino I y su reflejo en la composición de los tesoros monetarios 100 comienzos del siglo IV y los esfuerzos de la autoridad pública por mantener alto el poder liberatorio de la moneda básica. Cuando Diocleciano accede a la púrpura tras su proclamación en Nicomedia, el año 284, hereda el sistema monetario instaurado diez años antes por Aureliano. Éste se componía de una corta serie de denominaciones en vellón – cobre aleado con una proporción de plata del 5% – formada por el llamado aurelianus, el antiguo antoniniano reformado (Estiot 1995, p.54-56), y su fracción, el denario. En la cúspide se situaba una gama de nominales en oro, en la que se reconocen aurei producidos sucesivamente a 1/70 (4,64 g) y 1/60 de libra (5,42 g). En el año 286 se adopta definitivamente el segundo de estos patrones, que se mantendrá luego en vigor durante toda la Tetrarquía. La siguiente intervención tiene lugar en el año 294 y supone la introducción de una nueva gama de nominales en plata, vellón y cobre, pensados para cubrir todas las operaciones de cambio posibles. Los nombres de las monedas y sus equivalencias nos son conocidos a partir de los datos contenidos en la inscripción de Afrodisia, que se completan con las informaciones del Edicto de precios y los papiros egipcios (Reynolds 1989, p.254-265; Corcoran 1996, p.225-229; Bagnall 1985, p.9-18). - La moneda de plata: el argenteus. Se acuña a 1/96 de libra (3,38 g), con un valor nominal (potentia) de 50 denarios de cuenta. - Las monedas de vellón y bronce. La principal de todas ellas era el nummus, llamado erróneamente follis durante muchos años. Se acuña a 1/32 de libra (10,15 g) con una proporción teórica del 5% de plata que se indica ocasionalmente con la marca XXI. Su potentia era de 12,5 denarios. Por debajo de esta denominación, ya sin un contenido de plata significativo, se situaban el llamado neoantoniniano – la pecunia bicharacta del epígrafe de Afrodisia (Monopoli 1997) – y el denarius, cuyos valores respectivos, en denarios de cuenta, fueron dos y uno. Este sistema, con acuñaciones en varios metales, recreaba sobre nuevas bases el tradicional esquema romano de cambios fijos entre diferentes denominaciones. La novedad se encontraba en la existencia de un alto margen de sobrevaloración para las denominaciones de plata y cobre con respecto al oro, cuya circulación era poco menos que invisible desde que se hizo notar la crisis del siglo III. El oro, tradicional valor refugio, formaba parte destacada de la tesaurización privada y hacía tiempo que el erario romano había experimentado los efectos empobrecedores de esta inmovilización. El Edicto de precios reconoce esta situación al fijar un precio máximo para el solidus aureus igual al del oro no amonedado (Ed. pret. 28.1a), ya de por sí artificialmente bajo respecto al valor asignado al resto de las mercancías. El motivo no era otro que la articulación de todo un sistema de adquisiciones forzadas de metal noble, a precio fiscal, en el que el Estado figuraba como agente comprador principal. Para ello utilizaba como valor de cambio la moneda de vellón, cuya potentia fijaba él mismo por imperio. Este mecanismo, conocido en la época como coemptio auri argentique, era el que facilitaba el mínimo de metal noble necesario para la acuñación y gasto de las partidas que habían de expresarse en aurei. La aplicación general de este sistema, a la escala del Imperio, La moneda de l’Imperi romà. VIII Curs d’Història monetària d’Hispània, Barcelona, 2004, 99-112 Las reformas de Diocleciano y Constantino I y su reflejo en la composición de los tesoros monetarios 101 nos es conocida por Lactancio, que nos da una descripción sucinta en su opúsculo De mortibus persecutorum (31, 5), mientras que el funcionamiento concreto de las requisas en Egipto aparece en un amplio dossier papirológico que se extiende entre los años 300 y 324 (Delmaire 1989, p.347-350; Carrié 1993a, p.126-130; 1993b, p.305-306). Se puede hablar por tanto, empleando la expresión de J.-M. Carrié, de una utilización parafiscal del instrumento monetario, que alcanza su máxima expresión en septiembre del 301, cuando, según el edicto monetario de Afrodisia, se procede a doblar la potentia de las denominaciones básicas sin alterar en nada su apariencia física. A partir de los valores conocidos en esa fecha sabemos que el nummus y su fracción radiada alcanzan respectivamente los 25 y 4 denarios de cuenta, mientras el argenteus se situaba en 100 denarios. Por el contrario el oro aumenta aún más su depreciación con respecto al resto de las mercancías: el solidus aureus, cuyo valor deducido para el año 300 era de 1.000 denarios (P.Panop. 2, 216), apenas se reajusta mínimamente a 1.200 denarios el año 301. Desde el momento en que la Administración romana decide mantener artificialmente baja la cotización oficial del oro, fue haciéndose inevitable el surgimiento de una serie paralela de precios libres, de mercado, en los que las mercancías ajustaban al alza su valor en denarios de cuenta, recuperando así el margen de estimación real con respecto al patrón oro. Así se observa en el esclarecedor repertorio egipcio reunido por Bagnall (1985; 1989). Se iniciaba de esta manera el proceso inflacionista del denario de cuenta que será característico del siglo IV y que hasta el reinado de Constantino sólo se verá contrarrestado, en las operaciones oficiales, con tasaciones periódicas que intentan mantener la elevada potentia asignada a la moneda de vellón. El edicto de Diocleciano fue sin duda la más acabada expresión de este proceder. La mayor debilidad del sistema monetario creado por Diocleciano se encontraba en las denominaciones básicas, en el nummus y sus fracciones, que estaban sujetos a un amplio margen fiduciario y eran fáciles presas de la manipulación arbitraria cuando las dificultades financieras acuciaban. El período que siguió al final de la Tetrarquía fue pródigo en este tipo de situaciones, que, a la postre, acabaron con la fortaleza ficticia de la moneda de vellón y arrastraron a ésta a un lugar secundario en el sistema de cambios. La manipulación del contenido metálico del nummus se hizo ya evidente al poco de iniciarse el gobierno de Constantino, durante el año 307 y continuó hasta hacer que la moneda perdiese la mayor parte del añadido de plata que servía para justificar su valor. Hacia el año 337 el nummus pesaba poco más de 1,5 g. (Callu & Barrandon 1986). Esta debilidad en el conjunto de las denominaciones básicas contrasta con el éxito alcanzado durante estos años en la movilización de las reservas de metal noble, algo que se logra a través de las medidas de requisición arbitradas durante la Tetrarquía y su inclusión final en el sistema fiscal ordinario. Constantino explotará los beneficios de esta primera movilización y hará de ella la base para su nueva política monetaria. Durante el reinado de Constantino se va a producir, en efecto, una notable transformación que afecta al lugar ocupado por el oro en el sistema monetario. Los análisis metalográficos reunidos en su día por Callu y Brenot (1985, p.90-92), confirman por una parte la utilización de nuevas partidas de metal en la acuñación procedentes de la refundición de objetos suntuarios, tal como se afirmaba en el De rebus bellicis. La acuñación del solidus aureus, que La moneda de l’Imperi romà. VIII Curs d’Història monetària d’Hispània, Barcelona, 2004, 99-112 Las reformas de Diocleciano y Constantino I y su reflejo en la composición de los tesoros monetarios 102 desde los años 310 adopta el patrón de 1/72 de libra (4,52 g), será lo suficientemente importante como para estar presente en la circulación y, desde el año 325, cuando en Egipto desaparecen las coemptiones de metal precioso, servir a una fiscalidad basada ya en ese metal (Delmaire 1989, p. 350-409). El incremento en la acuñación del oro coincide además con una equiparación del curso de la moneda en ese metal con el que marca el mercado, lo que, unido al continuo empeoramiento de la calidad metálica de la moneda de vellón, explicaría el aumento exponencial de los precios de las mercancías que se documenta entonces (Bagnall 1985, p. 30-35). Frente a la moneda de oro, el nummus, que sigue valiendo 25 denarios hasta aproximadamente el año 330, sufre una evidente depreciación. Es esta situación la que ha hecho pensar razonablemente que fue precisamente en el reinado de Constantino cuando se produjo el enganche del sistema de cambios al oro amonedado y el abandono simultáneo de la pretensión de fijar una convertibilidad estable entre éste y la moneda de bronce (Lo Cascio 1995, p. 496-498). CECAS Y DIÓCESIS A lo largo del siglo III el proceso de envilecimiento metálico de la moneda y la necesidad consiguiente de proceder a masivas acuñaciones para cubrir las necesidades de liquidez de las finanzas públicas romanas habían hecho obligada la apertura de un número creciente de cecas. Estos talleres, que en el siglo IV reciben el nombre de monetae publicae, fueron reproduciendo el modelo de la ceca de Roma allí donde más urgente se hacía la disposición de numerario, generalmente en la proximidad de las grandes concentraciones de tropas – en los límites del Rhin y el Danubio – y en los nuevos centros estratégicos situados en la zona de los Estrechos, en el entorno del mar de Mármara. En un principio este proceso siguió pautas dictadas por la oportunidad política – en el contexto de las usurpaciones frecuentes en el siglo III – y la urgencia financiera. Careció de la estructuración necesaria y del tiempo suficiente para convertirse en un sistema estable. Con la aplicación del vasto programa de cambios administrativos con el que Diocleciano daba forma al régimen bajoimperial, poco después de su acceso al poder, se produjo un notable cambio. La moneda entraba entonces de lleno en el conjunto de reformas de naturaleza fiscal y financiera con las que se pretendía dotar de recursos a un Estado en vías de estabilización. El sistema monetario adquirió, sobre todo, una notable homogeneidad, que se aprecia en los tipos acuñados y en la existencia de un eficaz sistema de marcas de taller y emisión que facilitaban el control de las partidas acuñadas. En número de catorce, las monetae publicae quedaron entonces localizadas en el marco territorial de la diocesis, la nueva circunscripción supraprovincial clave para la administración económica del Imperio, en la que confluían los officia de los vicarii y rationales responsables de su gestión (Hendy 1985, p. 378-380). Esta adecuación, no del todo perfecta – Hispania seguirá sin contar con una ceca durante todo el siglo IV – permite reconocer la subordinación de la emisión de moneda a criterios de orden fiscal o, cuando menos, directamente vinculados con la financiación – en la parte que aún se La moneda de l’Imperi romà. VIII Curs d’Història monetària d’Hispània, Barcelona, 2004, 99-112 Las reformas de Diocleciano y Constantino I y su reflejo en la composición de los tesoros monetarios 103 BRITANNIAE Londinium Treveri GALLIAE Lugdunum ITALIA Aquileia PANNONIAE Siscia VIENNENSIS Ticinum HISPANIAE Roma THRACIAE MOESIAE Thessalonica Cyzicus Heraclea Nicomedia PONTICA ASIANA Carthago ORIENS Antiochia AFRICA Límite de diócesis Límites del Imperio Ceca (Moneta publica) Alexandria (AEGYPTVS) ORIENS 0 400 800 km Figura 1. Cecas y diócesis en época tetrárquica (294-305) expresa en moneda – del aparato administrativo y militar del Imperio. El organigrama a través del cual se expresaba la política monetaria de los tetrarcas quedaba en última instancia encabezado por los dos grandes ministros de finanzas de la época, los rationales summae rei, que respondían directamente ante sus respectivos augustos (Delmaire 1989, p. 26-29). La dualidad de fondo que traduce este sistema tendrá importantes implicaciones para la circulación monetaria, tal como se observa en la composición de los tesoros actualmente conocidos, la cual refleja una notable compartimentación entre Oriente y Occidente. Durante el reinado de Constantino el patrón de la producción monetaria conoció sólo cambios menores, que se tradujeron en Occidente en el cierre de algunas cecas (Cartago, Londres y Ticino, en los años 307, 325 y 326 respectivamente) y en la apertura de nuevos talleres en Ostia (de forma transitoria) y Arlés (313). En Oriente la novedad más destacable estuvo en la apertura de la ceca de la nueva capital, Constantinopla, con el personal transferido desde Londres y Ticino poco después de la reunificación del Imperio. En el terreno administrativo, la producción monetaria siguió estando centralizada, ahora dentro del ministerio palatino de las Sacrae Largitiones, que asume buena parte de las competencias de gasto y recaudación en moneda antes en manos de la res summa (Hendy 1985, p.372-381). La moneda de l’Imperi romà. VIII Curs d’Història monetària d’Hispània, Barcelona, 2004, 99-112 Las reformas de Diocleciano y Constantino I y su reflejo en la composición de los tesoros monetarios 104 LOS DEPÓSITOS MONETARIOS El estudio de la circulación de las monedas salidas de la reforma de Diocleciano proporciona un buen caudal de información sobre los patrones regionales presentes en el aprovisionamiento y los vínculos administrativos y económicos que existían entre las diferentes partes del Imperio. Aunque hay algunos trabajos de síntesis que han intentado establecer modelos de circulación para todo el Imperio (Ermatinger 1990), lo cierto es que el investigador interesado en la materia debe recurrir aún a las publicaciones puntuales de los hallazgos, generalmente de difícil acceso, y a los estudios regionales. Entre estos últimos hay que destacar la labor pionera de J.-P. Callu (1969; Salama & Callu 1990), P. Bastien (1978) y G. Depeyrot (1982), centrada fundamentalmente en las provincias occidentales, así como los trabajos de H. Schubert (1984) y H.-C. Noeske (2000) referidos a la circulación en Oriente. En las páginas que siguen intentaremos ofrecer un panorama de los datos actualmente disponibles para la península Ibérica. Para ello nos centraremos exclusivamente en las denominaciones básicas del sistema monetario, las únicas que han dejado huella en el registro numismático. Debido a la rápida refundición de que fueron objeto, las monedas de los decenios iniciales del siglo IV se encuentran en escaso número entre los hallazgos de circulación y es por ello que, si se quiere contar con series mínimamente representativas, el estudio de su difusión ha de recurrir a los depósitos o conjuntos cerrados. Estos pueden presentar eventualmente distorsiones debido a los procesos de tesaurización pero, por lo general, las anomalías respecto al medio circulante son escasas y fácilmente reconocibles en un contexto numismático más amplio. Los depósitos proporcionan por lo demás una información cronológica fundamental para conocer la concurrencia de los distintos valores acuñados. El panorama que ofrece actualmente la numismática tardorromana en España no es precisamente alentador. No son muchos, ciertamente, los depósitos publicados que se puedan atribuir a los periodos tetrárquico y constantiniano y que permitan, a la vez, la cuantificación de los valores representados. Aún incluyendo muestras poco significativas, con el riesgo que ello tiene de manejar datos de poca fiabilidad estadística, la cifra útil aquí reunida no llega a la decena. Es de destacar además, tal y como se aprecia en la figura 2, la baja cronología de la mayor parte de las evidencias manejadas, que se aleja de la primera producción del nummus de Dicleciano. La muestra manejada permite, en cualquier caso, constatar la difusión en Hispania de las monedas creadas con la reforma del año 294 y comprobar la duración de su circulación, que deja huella en la constitución de los depósitos hasta fechas intermedias del reinado Constantino. El nummus anterior a las primeras reducciones – acuñado a 1/32 de libra – es, de las denominaciones introducidas por Diocleciano, el que aparece con más frecuencia. Se encuentra de forma casi exclusiva en el depósito de Foxó y, compartiendo espacio con sus sucesores más devaluados, en los conjuntos de Cadramón, Mozinho y Sacona. Esta pervivencia, notable aún en Sacona, cuya muestra conservada incorpora un 35% de monedas acuñadas durante la primera Tetrarquía, plantea problemas a la hora de interpretar la relación La moneda de l’Imperi romà. VIII Curs d’Història monetària d’Hispània, Barcelona, 2004, 99-112 Las reformas de Diocleciano y Constantino I y su reflejo en la composición de los tesoros monetarios 105 que pudieran haber mantenido estas piezas con las emitidas en los años sucesivos. Se sabe que en abril del 307 Constantino inaugura la serie de reducciones que llevan primero a una talla de 1/40 de libra, para pasar posteriormente, en el mismo año, a 1/48, 1/72 en el 310 y 1/96 en el 313 (Bastien 1980, p.59-73). Algunos autores, como G. Depeyrot (1992, p. 42-43), han sugerido que la disminución ponderal no conllevó la retirada drástica y forzosa de las piezas más pesadas y que, una vez salvado el primer efecto inmovilizador, se mantuvo durante un tiempo la convivencia de los diferentes ejemplares, todos ellos con el valor facial de 25 denarii vigente desde el año 301. Los depósitos justifican generalmente esta apreciación, al mezclar en su interior proporciones variables piezas de distinta talla. Esta situación se comprueba una vez más en los conjuntos de Sacona y Mozinho que, en origen, representaban sumas más bien modestas (en torno a los 500 y 300 nummi respectivamente). La pervivencia de los antoniniani del siglo III es también una realidad que se palpa en la composición de los depósitos. Dentro del sistema monetario de Diocleciano, los viejos radiados son asimilados a la denominación de dos denarios, al menos en Occidente, donde los ejemplares de nueva acuñación – los neoantoninianos – se difunden con dificultad (Callu & Barrandon 1986, p. 560-561). En Porto Carro, que es el más temprano de los conjuntos manejados, se observa un dominio casi absoluto de estas monedas que obedece a la voluntad de acumular una sola de las denominaciones en curso. En otro lugar hemos interpretado la formación de este tesoro como una muestra de la desconfianza generada por la asimilación fiduciaria de los distintos tipos de radiados en circulación al aplicarse la reforma del año 294 (Cepeda 2002, p. 420). La circulación de los antoniniani fue sin lugar a duda paralela a la de las piezas más pesadas, los nummi. Su no inclusión en la mayor parte de los conjuntos conocidos en Hispania obedece seguramente a la práctica, común en la época, de no mezclar ejemplares que tenían en el uso cotidiano valores nominales distintos. En cambio, en el depósito de Sacona, formado en época constantiniana, la asociación de radiados y nummi obedece seguramente a la similitud ponderal de ambas monedas: con un peso aproximado de 3 g, los radiados incluidos en el depósito se asemejan al nummus de la reducción del año 313 (1/96 de libra). El momento coincide, por lo demás, con el final de la utilización sistemática del antoninianus como fracción. Como en otros puntos del Imperio, no será hasta el año 318 que se produzca una ruptura neta en la conformación de los depósitos. Las nuevas acuñaciones, tanto en los dominios de Constantino como en los de Licinio, dibujan una barrera que coincide con la desmonetización de los nummi producidos desde la reforma de Dicleciano (Callu 1981, p. 11-68). Las monedas, que adoptan en Occidente la leyenda Victoriae laetae Princ Perp, no varían su peso pero incrementan su título hasta alcanzar el 4,1% de contenido argénteo (Callu & Barrandon 1986, p. 566 n.44). La inmovilización y rápida fundición de los nummi anteriores vino motivada seguramente por la introducción de tarifas de cambio desfavorables. La hipótesis, manejada durante cierto tiempo, de una multiplicación por cuatro del valor nominal del nummus, hasta alcanzar los 100 denarii que darán nombre al centenionalis, carece de apoyo sin embargo en la documentación contemporánea (Lo Cascio 1995, p. 494-495). La moneda de l’Imperi romà. VIII Curs d’Història monetària d’Hispània, Barcelona, 2004, 99-112 Las reformas de Diocleciano y Constantino I y su reflejo en la composición de los tesoros monetarios 106 Tres pequeños depósitos, los de El Bierzo, Gárgoles y Monte Lapeira, pueden traerse a colación como testimonio de la renovación drástica del sistema de denominaciones ocurrida después del año 318. Sus contenidos, aún siendo poco consistentes, sirven para reconocer ya un tipo de depósito conformado de acuerdo a un patrón metrológico que tiende a la uniformidad, que será característico del período que sigue a la muerte de Constantino. LA ALIMENTACIÓN MONETARIA El conjunto de cecas instaurado gradualmente por los tetrarcas a partir del año 294 puso, como es sabido, término y orden en el largo proceso descentralizador de la producción monetaria iniciado a mediados del siglo III. Para Hispania la nueva situación se iba a traducir pronto en una mayor diversificación en el origen de la moneda, consecuencia tanto del nuevo equilibrio existente entre los talleres productores – ligados ahora de forma más estable al abastecimiento de vastas extensiones territoriales – como de la ausencia de una ceca propia dentro de sus límites. El nexo económico y administrativo existente entre Italia y la península Ibérica, que permite relacionar la circulación monetaria de ambas zonas durante el siglo III, se sigue dejando notar en la composición de los primeros depósitos atribuibles al siglo IV. La incidencia del numerario itálico es, sin embargo, mucho más matizada ahora, y ello se aprecia bien en el recorte que sufre la proporción de moneda acuñada en Roma incluida en las distintas muestras manejadas (fig.3). La situación deriva, en primer lugar, de las transformaciones que se producen en la propia Italia, una vez que se crea el taller de Aquileya y se impulsa la producción en el de Ticino, y, en segundo lugar, de la puesta en funcionamiento de la ceca de Cartago, a partir del año 296, situada en el mismo ámbito mediterráneo del que procedía la parte más significativa del numerario utilizado en Hispania. La reunificación, desde el año 296, de la zona noroccidental del Imperio administrada por el césar Constancio, da solidez al entramado formado por las cecas de Londres, Tréveris y Lyon, y aunque la proyección hacia Hispania del numerario allí producido sólo se puede valorar desde la composición de los depósitos formados en el reinado de Constantino, esto es, una vez que la diocesis Hispaniarum ha pasado a integrarse en la misma entidad administrativa que las Galias, podemos pensar que su afluencia desigual sirve ya desde fecha temprana para delimitar una zona especialmente permeable al numerario gálico en el cuadrante norte de la Península, tal como se deduce de la composición del depósito de Sacona. Este patrón general presenta variaciones significativas que iremos resumiendo a continuación. Tomando como referencia los contenidos de los depósitos de Foxó – el más temprano – y Mozinho – que incluye un 50% de monedas acuñadas durante la primera Tetrarquía – podemos deducir que en un primer momento, hasta la abdicación de Diocleciano y Maximiano, en mayo del 305, el numerario que circulaba en Hispania procedía fundamentalmente de La moneda de l’Imperi romà. VIII Curs d’Història monetària d’Hispània, Barcelona, 2004, 99-112 Las reformas de Diocleciano y Constantino I y su reflejo en la composición de los tesoros monetarios 107 Roma y Cartago. Aunque la compartimentación es muy notoria, la suma de la producción de estos dos talleres representa el 57% en los dos depósitos. El añadido del total correspondiente a Ticino y Aquileya eleva finalmente al 70% la parte que se puede atribuir a alguna de las cecas enclavadas en las provincias gobernadas por Maximiano, un resultado que no extraña, dada la inclusión de la diocesis Hispaniarum dentro de esos mismos límites (Arce 1982, p. 19). El depósito de Sacona se aleja, en cambio, de este esquema. Junto a una porción no despreciable de nummi acuñados en Roma y Cartago (28%), que constituye el nexo de unión con las muestras anteriores, encontramos aquí un abultado número de ejemplares de origen más occidental que ha debido de integrarse en la circulación de la zona desde el sudoeste gálico, quizá en fechas posteriores al período tetrárquico. El breve período de la segunda Tetrarquía no parece traer novedades significativas en el aprovisionamiento. Las exiguas series atribuibles a este momento contenidas en los tres depósitos manejados no son suficientes para reconocer cambios una vez que las provincias hispánicas pasan a integrarse en la parte occidental del Imperio administrada por Constancio Cloro. Sólo con el final del régimen tetrárquico, la proclamación de Constantino, en julio del 306, y la fragmentación territorial que supone la usurpación de Majencio en Italia, se verá acrecentada en los depósitos la parte correspondiente a los talleres gálicos. La nueva situación se reconoce poco después del 306 en los últimos aportes que cierran el depósito de Foxó (seis nummi de origen galobritano frente a dos de Cartago), así como en los depósitos más tardíos de Mozinho (los porcentajes de Londres, Tréveris y Lyon se igualan ahora a los de las cecas centrales), Granada, Sacona, que incluye casi un 80% de moneda gálica, El Bierzo y Gárgoles. Aunque la inclusión del territorio en la órbita de Constantino fue rápida (Arce 1982, p. 24), la nueva situación política no se traduce en un total aislamiento monetario. Varios de los conjuntos mencionados – Mozinho, Sacona y Granada – incluyen una porción no despreciable de piezas acuñadas por Majencio en Italia entre los años 306 y 312, integradas en la circulación peninsular, posiblemente de manera indirecta, a lo largo del reinado de Constantino. En la distribución por talleres es interesante observar la rápida proyección que adquieren las monedas acuñadas en Arlés. La ceca sudgálica, abierta con el personal transferido desde Ostia en el curso del año 313, se convertirá en la principal proveedora de moneda en Hispania, una situación que compartirá con Roma durante la mayor parte del siglo. De las 32 monedas contenidas en Sacona con exergos legibles y atribuibles a fechas posteriores a su creación, 11 le corresponden. El depósito de Granada se cierra igualmente con monedas salidas de este taller hacia el año 317. Si los datos que hablan de una relación monetaria fluida con Italia son innegables, incluso durante el reinado de Constantino, cuando el aprovisionamiento recae mayormente en los talleres gálicos, la incomunicación con la pars Orientis parece ser en cambio muy acusada. Los porcentajes de piezas emitidas en esta zona son casi marginales en la totalidad de los depósitos manejados. Para la fase más reciente el fenómeno se comprende bien en el contexto de las luchas de sucesión que origina el final de la Tetrarquía, así como por la aparición de diferencias en materia monetaria – aplicación desigual de las reducciones ponderales y variación en el título de las monedas – que marcan límites a la circulación y que, a la postre, La moneda de l’Imperi romà. VIII Curs d’Història monetària d’Hispània, Barcelona, 2004, 99-112 Las reformas de Diocleciano y Constantino I y su reflejo en la composición de los tesoros monetarios 108 restringen notablemente las transferencias de numerario en el área mediterránea. Más difícil es explicar la poca representación de la moneda oriental en el período tetrárquico, durante el cual la comunicación económica en el ámbito mediterráneo estaba garantizada – lo prueban las tarifas de embarque contenidas en el Edictum de Pretiis – como también lo estaba el curso universal de la moneda. La única respuesta consiste en admitir una regionalización del aprovisionamiento bastante estricta en toda la pars Occidentis, acompañada de un drenaje paralelo de moneda hacia Oriente, tal como parece apuntar la composición mucho más variada de los conjuntos publicados en esa mitad del Imperio. Este drenaje pudo estar motivado tanto por la insuficiencia del volumen allí acuñado como por una actividad económica comparativamente más intensa que en Occidente, que consumía numerario procedente de todo el Mediterráneo. A grandes rasgos, se puede afirmar que lo visto en Hispania encaja bien en un tipo de circulación que se puede definir como regional. En esencia, se trata de un modelo no muy distinto del que se observa en otras áreas del norte de Europa, en las que son siempre las cecas situadas en el entorno de los hallazgos – muchas veces dentro de la misma diócesis – las que proporcionan la mayor cantidad de moneda. No obstante, conviene aclarar que lo que determina el patrón del aprovisionamiento no es tanto la existencia de una ceca diocesana dentro de los límites administrativos en los que se producen los hallazgos como la proximidad relativa de los distintos talleres, las facilidades de distribución de sus productos y el volumen desigual de las acuñaciones. Ello explica las similitudes que se observan en la circulación de las provincias ribereñas del Mediterráneo occidental, con una presencia siempre importante de las acuñaciones de Roma y Cartago durante la Tetrarquía, seguida de la creciente difusión de las producciones gálicas en época constantiniana, particularmente desde Arlés. A estos factores hay que añadir otros de naturaleza política y administrativa que explican la rigidez del modelo, su duración y su transformación final. No es casualidad que la división del área mediterránea en distintas zonas monetarias conozca una profunda transformación a partir de la unificación del Imperio a manos de Constantino, el año 324. En coincidencia con toda una serie de cambios que afectan a la organización administrativa del Imperio, que desplaza su centro de gravedad a Oriente, se observará también una progresiva afluencia de numerario con este origen. La moneda de uso más corriente, el nummus, se difundirá así sin trabas de un lado a otro del Mediterráneo, en un movimiento que se beneficia de la localización costera de la mayor parte de los talleres emisores. La moneda de l’Imperi romà. VIII Curs d’Història monetària d’Hispània, Barcelona, 2004, 99-112 Las reformas de Diocleciano y Constantino I y su reflejo en la composición de los tesoros monetarios 109 Depósitos / Moneda más reciente Ant. s. III Nummus 1/32 294-299 294- 305305 307 N-Ant. N.1/ 40 307 N.1/ 48 N.1/ 72 307-310 310-313 Nummus Otros/ 1/ 96 313- 318- Indet 318 330 Total Porto Carro ( ) * 1.894 1 3 1.898 299 Foxó (*) 160 7 6 173 307 Cadramón (*) 6 2 1 2 11 313 ( ) Mozinho * 119 28 71 17 1 236 313 ( ) Sacona * 10 59 19 3 18 24 34 1 168 317 ( ) ( ) Granada * ** 38 7 54 371 317 -82 190 ( ) El Bierzo * 20 20 326 Gárgoles 12 12 326 Monte Lapeira 1 11 4 16 329 (*) Depósito incompleto (**) Se incluyen 15 ejemplares de Majencio que pueden alcanzar hasta el año 312. Se distinguen en filas separadas los lotes publicados por Padilla & Martín y Gil (fila inferior). ---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------Figura 2. Depósitos de época tetrárquica y constantiniana. Nummi y antoniniani. Procedencia. Porto Carro (Torrao, Alcácer do Sal; Portugal): Cepeda 2002; Foxó (Tameza, Asturias): Diego 1966; Cadramón (Valedouro, Lugo): Arias 1979; Mozinho (Penafiel, Oporto; Portugal): Pereira 1974, Lira 1985; Sacona (Rigoitia, Vizcaya): Cepeda/ Ocharan e.p.; Granada: Padilla/ Martín 2000, Gil 2000; El Bierzo (León): Callu 1981, p.46, Abad 1998; Gárgoles (Guadalajara): Sánchez-Lafuente 1995; Monte Lapeira (Várcea do Douro, Oporto; Portugal): Lanhas, Brandao 1967. La moneda de l’Imperi romà. VIII Curs d’Història monetària d’Hispània, Barcelona, 2004, 99-112 Las reformas de Diocleciano y Constantino I y su reflejo en la composición de los tesoros monetarios 110 1. Período 284-294 294-299 Total % Lugdunum 28 28 12,1 Roma 169 169 72,8 PORTO CARRO Total Antiochia 2 2 0,9 Irregular 1 1 232 1 233 100 (monedas de Diocleciano -Tetrarquía) Cecas Ticinum Siscia Cyzicus 30 2 1 30 2 1 12,9 0,9 0,4 2. FOXÓ Período 294-305 305-306 306-307 Total % Lon 4 1 2 7 4,1 Tr 27 1 s.m. 4 Lug 11 4 15 8,9 Tic 6 1 7 4,1 Cecas Aq Carth 5 28 1 2 63 5 31 37,3 2,9 18,3 62,6 R 62 1 Total Sis 5 Her 1 An 2 Al Indet. 1 4 160 5 8 173 99,9 28 4 16,6 2,4 32 5 2,9 1 0,6 5,3 2 1,2 1 0,6 4 3. MOZINHO Período 294-305 305-306 306-313 Total % Lon 3 7 10 4,3 Tr 12 6 17 35 15 35,5 Lug 13 3 22 38 16,2 Tic 17 3 8 28 12 R 35 3 18 56 23,9 Ost Cecas Aq Carth 1 32 7 4 9 5 48 2,1 20,5 Total Sis 1 Her 1 1 2 0,8 2,9 Cyz 1 2 3 1,3 An Indet. 1 2 119 23 94 236 99,9 7 7 3 61,5 1 0,4 1 0,4 2 4. SACONA Período 294-305 305-306 306-318 Total % Lon 11 1 9 21 13,8 Tr Lug 11 6 4 1 23 21 38 28 25 18,4 64,4 Ar Tic 10 2 12 7,9 R 8 2 9 19 12,5 Cecas Ost Aq 2 5 5 3,3 33,5 4 6 3,9 Total Carth 8 1 9 5,9 Her Cyz 1 1 1 0,7 1 0,7 2,1 1 0,7 4 6 An Indet. 1 2 59 12 87 158 100 11 11 7,2 5. GRANADA Período 306-318 % Londinium 6 2,6 Treveri 13 5,6 Lugdunum 34 14,6 55 Lote R. Gil Cecas Arelate 75 32,2 Total Ticinum 13 5,6 Roma 77 33 45 Ostia 15 6,4 233 100 Figura 3. Depósitos. Distribución de las monedas por períodos y lugar de emisión. La moneda de l’Imperi romà. VIII Curs d’Història monetària d’Hispània, Barcelona, 2004, 99-112 Las reformas de Diocleciano y Constantino I y su reflejo en la composición de los tesoros monetarios 111 BIBLIOGRAFÍA 1. GENERAL Arce 1982 ARCE, J., El último siglo de la España romana: 284409, Madrid, 1982. Bagnall 1985 BAGNALL, R.S., Currency and Inflation in Fourth Century Egypt, Nueva York, 1985. 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